El día que viajé en el tiempo mientras intentaba crear algo nuevo
El día que viajé en el tiempo mientras intentaba crear algo nuevo
Hay un momento que todo constructor experimenta.
Estás emocionado. Estás alineado. Intentas crear algo simple, humano y alegre.
Y entonces, sin previo aviso, abres un formulario.
No es un formulario. El formulario.
El tipo de formulario que no te pregunta qué quieres crear; te pregunta quién eres, por qué existes y si has reflexionado profundamente sobre tus intenciones desde la infancia.
Al principio, tienes confianza.
"Esto no tardará mucho", te dices. Has vivido. Has construido. Ya has pulsado botones antes.
Empiezas.
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Fase 1: Optimismo
Las primeras preguntas parecen bastante amigables.
Nombre. Correo electrónico. Breve descripción.
Sonríes. Sigues siendo tú.
En algún lugar de tu interior, crees que este proceso fue diseñado para ayudarte.
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Fase 2: Aparece la Gravedad
Entonces, el tono cambia sutilmente.
La forma se alarga. Las preguntas se vuelven… reflexivas.
No son malas preguntas. Simplemente… existencialmente minuciosas.
Ya no estás describiendo una actividad. Estás explicando su alineamiento moral.
Empiezas a elegir las palabras con cuidado. Palabras más suaves. Palabras más amables.
Palabras que dicen: "Vengo en paz. No perturbaré el ecosistema".
Te das cuenta de que te sientas más erguido.
Ahora participas en lo que se siente menos como una tarea administrativa y más como una ceremonia de consuelo.
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Fase 3: La Documentación como Práctica Espiritual
En algún momento, te invitan —con amabilidad y cortesía— a subir un documento.
Una propuesta. Una presentación. Una manifestación escrita de tus intenciones.
Haces una pausa.
No planeabas iniciar un movimiento. Solo querías unir a la gente.
Aun así, obedeces.
Escribes algo sencillo. Humano. Amable.
Lo exportas como PDF, porque te parece… correcto. Oficial. Históricamente preciso.
Te preguntas cuántas ideas hermosas se han formateado discretamente de esta manera.
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Fase 4: El botón
Todo está completo.
Todos los campos obligatorios rellenados. Todas las casillas marcadas.
Presionas Enviar.
No ocurre nada.
La página se recarga.
Aparece un mensaje: vago, rojo y cargado de emoción.
"Falta algo".
¿Qué falta?
Te desplazas lentamente, como un arqueólogo. Todo está ahí.
Nombre. Correo electrónico. Propósito. Alma (presente, ligeramente cansada).
Consideras brevemente si el formulario te pide algo invisible. Una frecuencia. Una sensación. Un apretón de manos secreto.
Presionas "Enviar" de nuevo.
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Fase 5: Confirmación (una experiencia religiosa)
La pantalla cambia.
Confirmación.
Un alivio te invade.
Te ríes, no porque fuera malo, sino porque te resultaba familiar.
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La comprensión
No se trataba de un formulario.
Se trataba de eras.
En innumerables ciudades del mundo, existen espacios hermosos con corazones cálidos y… interfaces que viajan en el tiempo.
Lugares que aman la creatividad. Que aprecian la cultura. Que simplemente aún no han actualizado su relación con la fricción.
Y eso está bien.
Porque cada generación se construye sobre la anterior.
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¿Por qué existe DaLat.app (Silenciosamente)?
DaLat.app no está aquí para criticar los sistemas. Está aquí para absorber su peso.
Para aligerar el camino de la intención a la experiencia. Para reducir la cantidad de momentos en los que alguien piensa: "¿Por qué crear algo bueno resulta tan difícil?".
No eliminando el interés. No eliminando el respeto. Sino eliminando el miedo innecesario al presionar el botón "Enviar".
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Reflexión final
En algún lugar del mundo, ahora mismo, alguien está completando un largo formulario solo para unir a la gente.
Si DaLat.app tiene éxito, quizás algún día esa persona ni siquiera se dé cuenta del proceso.
Simplemente creará.